El restaurante Paolo es un emblemático establecimiento de Madrid fundado en 1972 y ubicado en la zona de Guzmán el Bueno, siempre completo y que circula ajeno a modas e influencers. El padre del actual propietario, Miguel Revuelta, fundó este restaurante en una época en la que apenas había restaurantes italianos en Madrid y, aunque comenzó enfocado estrictamente en la cocina italiana, su carta ha evolucionado hacia un recetario tradicional de cocina de mercado.
El ambiente, como se puede apreciar en las fotos, es muy tradicional, con decoración con motivos toreros, maderas oscuras en las paredes, suelos enmoquetados y la sensación de que se está en un viaje en el tiempo con una estética setentera muy particular. Con un buen espacio entre las mesas, camareros uniformados a la vieja usanza, profesionales y muy atentos y, en definitiva, todos los ingredientes para disfrutar de la comida y de una sobremesa agradable.
Una peculiaridad más de este restaurante es que ocupa un local comercial dentro de una comunidad de vecinos al que no se puede acceder directamente desde la calle, sino a través de un patio interior.




Comenzamos con unas pencas cocidas con patatas. Las pencas son la parte blanca, ancha, carnosa y crujiente de las hojas de ciertas verduras, especialmente de la acelga y del cardo. En mi opinión una verdura finísima que resulta imprescindible cuando la encuentro en una carta, lo que no suele ser habitual.

Seguimos con unas gambas al ajillo, que en realidad eran gambones, pero que que resultaron muy sabrosos. Vienen presentados en una fuente con una peculiar tapa vintage con una gamba de metal, digna de verse.

De principal, unos chipirones a la plancha encebollados. Muy correctos.

Tremendo el escalope a la milanesa, bien ejecutado.

Para el postre se presenta el tradicional carro de postres, tan difícil de ver en nuestros días. Pedimos unas extraordinarias frambuesas con nata, de la de verdad, de confitería.

La cuenta fue de 92€ para dos personas (46€ pp) con cerveza. Una experiencia muy recomendable.