Glug

Este proyecto, capitaneado por la pareja de chefs Beatrice Casella e Iván García, se ha convertido en una de las barras gastronómicas más deseada de la ciudad (reconocido con la distinción Bib Gourmand). Su propuesta se basa en platos para compartir con una cocina imaginativa de raíces catalanas e italianas. La sala está presidida con una gran barra de azulejos con un aspecto retro de tonos rojizos y blancos. El nombre Glug es una onomatopeya del sonido que hace el líquido al verterse y al beberse, especialmente el vino, ya que el local cuenta con una impresionante bodega que supera las 620 referencias y un llamativo sistema de grifos de vino.

Comenzamos con muy buen pie: Gambitas bravas. Unas quisquillas perfectamente fritas con una suave salsa de tomate y mayonesa, como si se tratara de patatas bravas. Un gran inicio.

Croqueta de macarrones de la yaya. Este ha sido un bocado que no me ha convencido y no repetiría cuando vuelva.

Tomate relleno de gamba blanca y cereza. Platazo, tanto el sabor del tomate como de las gambas crudas ligeramente marinadas.

Seguimos con su sopa de cebolla y botones de comté. Uno de sus platos más emblemáticos, y con razón.

Raya, fricandó, shiitake. Un mar y montaña espectacular. Por una parte la raya de excelente sabor acompañada del jugo de frincandó, un tributo al clásico guiso catalán al que se añaden setas, en este caso shiitake.

Terminamos con el último pase salado: albóndigas de conejo con fondo de chocolate con piparras e hinojo marino que le da un punto de salinidad. Se acompaña con una ensalada de las propias patas del conejo escabechadas. Tremendo.

El postre también fue una agradable sorpresa: Granizado de pepino como base refrescante con pesto de rúcula y un helado de leche de oveja.

La cuenta para tres personas (con agua y una cerveza) fue de 107€, 35€ pp. Una experiencia muy recomendable.

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